No todos sabrán caminar a nuestro lado,

Solo querrán caminar cogidos a tu mano

Yo no existiré en sus corazones cansados

Tan solo tú, mi único corazón amado.


Una ventana al mar

Caminando contigo siento que la vida tiene color, siento que las cosas más sencillas se convierten en tesoros de incalculable valor. Una mirada tuya ilumina el sendero más oscuro y sombrío y regala tantos sueños a mi corazón que todas las barreras se convierten en diminutas fortalezas de arena comparadas con la fuerza del brillo de tu sol.

Te refugias en la lluvia, en los acantilados golpeados por la brusquedad del mar, tu mente vuela con la velocidad de las olas que tanto has amado en busca del espíritu más hermoso que solo reside en el amor. Me gusta imaginarte paseando por esas playas de arena gruesa y húmeda, teñida por el sol tenue del norte, entre las rocas de los acantilados que lejos de ser lugares peligrosos para tu alma se convierten en cómplices de tus sentimientos profundos, amigos de tu poesía interior, compañeros de tu alma.

Caminando contigo en medio de esos parajes me siento feliz y completo puesto que mi alma no vuela sola como ocurriera tiempo atrás, porque la vida se convierte en un escenario real lleno de sonrisas, repleto de ilusiones, regados por tus palabras e iluminado por tus miradas.

Caminando contigo sé que la vida no pasa, la vida se vive, la vida se siente y emana a borbotones convirtiéndose en un deseo, en un anhelo, en la fuerza de dos corazones tendidos al sol cogidos de la mano, disfrutando de la brisa de los recuerdos de nuestros seres amados y del olor a futuro de nuestros sueños saboreados y cumplidos.

Caminando contigo el negro se vuelve blanco y la indiferencia se convierte en ternura, la música existe con especial significado y los acordes llevan tu voz más allá del espacio y del tiempo. Por eso mi amor, caminando contigo soy feliz, porque percibo tu sonrisa y tu alegría, porque aprendo de tu alma y corazón. Quiero caminar contigo mi amor, todos los días, quiero mirar al cielo y contar las estrellas que nos pestañean envidiosas de nuestro amor, quiero que la vida sea una sonrisa permanente en tu rostro enamorado para hacer de cada día, de cada momento, una historia especial.

Mientras nos acompañan aquellos que viven en nuestro corazón caminaré siempre contigo, caminaremos agarrados desde el corazón y todos los días reposaremos en nuestro deseado hogar, sentados, abrazados, sentidos y soñados, sabiendo que después de caminar siempre nos quedará un momento de reposo en el que nos abandonaremos al calor de nuestros cuerpos, al deseo de nuestros ojos, al frenesí de nuestras manos y nuestros labios y en algún momento levantaremos la vista y nuestros ojos se posarán frente a aquella ventana, aquella ventana invadida por el vaho de nuestro deseo que siempre será nuestra, que siempre mirará al mar.

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¿Por qué tengo que vivir si no quiero? ¿Soy dueño de mi vida o es más bien el estado quien debe regularlo? ¿Debería ser la Iglesia incluso aunque no fuera creyente?

Cuestiones peliagudas de transfondo legal, humano, social y religioso que desde luego ofrecen tantas posiciones casi como personas hay en el mundo.

Eluana Anglaro

Recientemente se trata en la prensa el debate que hay abierto en Italia por lo que algunos llaman “dejar morir” de la italiana Eluana Englaro que por fin y para su fortuna y la de su familia ya descansa en paz. Esta mujer italiana llevaba la friolera de 17 años en estado vegetativo por lo que la cuestión del derecho a morir voluntario no se presentaba tal cual en este caso ya que ella no estaba consciente para siquiera autorizar su muerte, aunque es más que discutible calificar como “vida” lo que esta persona estaba padeciendo.


En este caso los “veladores” de la moralidad mundial, El Vaticano, (“Sancho, con la Iglesia hemos topado”) han puesto el grito en el cielo indicando que sería cuanto menos un asesinato en toda regla dejar morir a esta persona. Utilizan con una lengua larga y fácil términos tan estrictamente definidos en nuestro diccionario como asesinato, homicidio, aberración, abominación, etc.

Ayer en televisión en uno de estos programas ‘anticulturales’ (no se me ocurre otro término que los defina mejor) se estaba entrevistando a un personaje del famoseo, Octavio Acebes, un señor que se ha dedicado toda la vida a decir que puede predecir el futuro. Este señor padece de una enfermedad degenerativa incurable y habló de su suicidio como algo que él considera posible como decisión para no sufrir las consecuencias de esta enfermedad. Os preguntaréis ¿cómo lo viste si estos programas los consideras anticulturales?, muy sencillo, por casualidad, porque al ir cambiando de canal vi la palabra suicidio y este asunto siempre me parece interesante no tanto por el morbo sino por el hecho de determinar qué puede llevar a una persona a tan desgarradora decisión.

La actitud de este señor me pareció admirablemente tranquila, serena, muy consciente de que cuando llegara el momento él y solo él sabría qué tendría que hacer con su vida. Aceptó de buen grado todos los reproches que le hicieron, reproches del calibre como “egoísta”, “cobarde”, etc. Y yo quisiera preguntar ¿se puede llamar egoísta a una persona que no quiere sufrir ni hacer sufrir a los suyos?, ¿cómo tenemos la osadía de llamar a esto cobardía? El derecho a la vida como el derecho a la muerte sobre todo cuando nos referimos a una muerte digna debe ser un derecho inalienable para todo ser humano.

Aquí, por mucho que le duela esto a algunos, Dios no pinta nada, al menos para los no creyentes.

Por esta razón en este asunto tan íntimo e individual no hay Dios que valga, ni curas, ni monjas ni adalides de la moralidad religiosa que tanto ha dominado al mundo y sobre todo a nuestro país, salvo la honrosa y respetable excepción del creyente, porque al fin y al cabo se trata de que cada uno con su vida “haga de su capa un sayo”.

Los que tanto critican el hecho de que una persona en “pleno uso de sus facultades” decida morir dignamente son los que tanto defienden las guerras sin sentido y por intereses económicos en donde las muertes que se producen no tienen nada de dignas ni de puras. La mayoría de los que mueren por no decir todos NO ELIGEN CUÁNDO NI COMO MUEREN y eso que en los ejércitos hay capellanes bendiciendo las armas.

Los que hablan de asesinato porque una persona decida sobre su vida y su muerte son aquellos que durante siglos quemaron vivos a personajes que defendieron sus creencias e ideales.

Los que hablan que la vida es sagrada se sienten orgullosos de ver a sus hijos pegando tiros contra desconocidos en cualquier lugar del mundo que no sea su propio país.

Los que hablan de moralidad y derecho a la vida niegan la justicia social por la que millones de personas mueren de hambre y sed o de enfermedades propias de la desnutrición y todo para que un mundo capitalista pueda vivir a todo tren y seguir explotando a seres humanos (millones por cierto) en el mundo.

Es curioso que las leyes tengan tanto miedo a legislar al respecto. La eutanasia está prohibida y punto, no se hable más y no es de recibo que en el siglo XXI aún no hayamos superado esas cadenas de incultura religiosa que tanto daño han hecho a la sociedad.

Aquí no se trata de animar a la gente a que se quite la vida a las primeras de cambio y el que piense esto es que no ha entendido este artículo o simplemente no lo quiere entender, se trata que las personas tienen derecho a elegir si quieren vivir o morir y nadie puede juzgarlas por esto.

Nuestra misión como sociedad es hacer todo lo posible porque las personas no lleguemos a esta conclusión, debemos dar todos los medios sanitarios para que lo que ahora es una enfermedad incurable, dolorosa y degenerativa deje de serlo quizás en un futuro, pero no somos dueños de la vida de nadie, solo de la nuestra. Entonces ¿por qué miramos con desprecio a aquellos que deciden acabar con su vida antes de sufrir y hacer sufrir?

Eluana Englaro ya ni siquiera era consciente de esto, mantenerla con vida era algo que dependía de su familia y de sus creencias pero con todo el dolor que me causa ver una vida abocada a la más absoluta inactividad, me pregunto ¿eso es vivir o más bien eso es morir todos los días viviendo?

Vivir para muchas personas es poder ejercer unas mínimas actividades que a las personas nos hacen sentirnos precisamente vivos. Estar muerto en vida es una tortura.

Dejemos los prejuicios personales a un lado y respetemos la libertad individual de los seres humanos a elegir sobre su derecho a morir dignamente.

Eluana ¡descansa en paz!