Cuando las luces se apagan es mejor no mirar con los ojos, cuando la oscuridad nos inunda es mejor dar rienda suelta a los ojos del corazón. Es entonces cuando entre la penumbra comenzamos a distinguir los contornos más suaves y reveladores de nosotros mismos, es cuando las cavernas más profundas se iluminan y nacen los colores de nuestro interior.

Una noche con luz externa no sería noche, una noche sin luz interior no sería noche. Cuando nuestros corazones enmudecen en medio de la penumbra, debemos encender el candil de la reflexión, el quinqué de nuestro yo más íntimo que ilumina el camino por el que deambulan nuestros pensamientos, nuestros sentimientos más profundos, para ordenarlos en fila, para desechar los escenarios que nos oscurecen los recuerdos, que nos atenazan el deseo de avanzar.

Cuando las luces se apagan en el exterior la luna llena derrama su luz casi como caricias aterciopeladas de deseo y nos arrastran a nuestra naturaleza más real, más humana, más personal. Nuestro yo aparece en la soledad buscada de nuestro corazón, porque nadie nos mediatiza y nuestros miedos se confiesan sin ningún pudor.

Cuando las luces se apagan comienza a encenderse nuestro mundo interior, cerramos los cajones oscuros del silencio y abrimos las ventanas de esperanza de nuestro anhelante corazón.

(Publicado en “La Comunidad” de El País bajo el nombre de Noah el 15/07/2009)

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Soledad

Desde el punto de vista de la soledad las aguas parecen siempre calmadas, los campos de trigo simplemente se mecen al paso de las caricias del silencioso viento, el azul del cielo nos declara todas sus tonalidades pintadas de celestes, añiles y cadmios.

Desde el punto de vista de la soledad las palabras siempre encierran y descubren todo su significado, las miradas nos hablan de sentimientos y de estados de ánimo cuando pausadamente leemos todas las letras escritas en sus pupilas, los pasos al caminar son tranquilos y sentidos.

Desde el punto de vista de la soledad podemos percibir mejor la realidad de las cosas, la verdadera dimensión de los problemas, la auténtica envergadura de las personas más cercanas por muy lejanas que estén.

A veces la soledad nos inunda tanto que de tanto respirarla nos damos cuenta que estamos solos y en un abrir y cerrar de ojos nos asalta el temor a lo definitivo, a lo que no tiene retorno, nos sentimos atenazados e intimidados ante lo que creemos es una situación inamovible.

A veces pensamos que la soledad nos engulle en la tristeza de no compartir, en un llanto mudo y sordo ante la inexistencia de quien pueda apreciarlo. Nos asustamos, creemos que no le importamos a nadie, tras la puerta de nuestra casa solo tenemos la compañía de las sombras, los guiños de las lámparas cuando se encienden, los únicos abrazos de nuestra almohada al intentar cerrar los ojos para caer en un nuevo sueño esperanzador.

En otros tiempos me aterraba la soledad, la imaginé como familia directa del desencuentro, como hija predilecta de la incomprensión, como doctora honoris causa de la intolerancia pero a veces, sin darte cuenta, comienzas a sentir que la soledad cuando nos visita nos acerca a nosotros mismos, nos ayuda a conocernos y a sentirnos y el yo que siempre hemos sido y que tanto hemos escondido a fuerza de vivir representado lo que no somos, sale nuevamente de nuestro interior para decirnos que sigue ahí. Descubrimos que una parte de nuestra tristeza es porque tendemos a ocultar nuestra esencia, nuestro ser, quizás con el absurdo objetivo de intentar aparentar lo que no somos en realidad.

Desde el punto de vista de la soledad se puede aprender mucho, se puede aprender a leer y disfrutar mejor de los libros saboreando todas sus palabras, se puede aprender a escribir para sacar de tu interior con el mejor lenguaje posible, los más profundos pensamientos de nuestro corazón, aprendemos a escuchar en los silencios los más hondos sentimientos encerrados en nuestro interior.

Desde el punto de vista de la soledad comienzas a comprender que no hay que luchar contra ella, ella no viene ni se va, somos nosotros quienes la invitamos sin darnos cuenta y quienes debemos despedirla cuando estemos preparados para decirla adiós.

Hace tiempo que decidí decirle adiós pero, desde el punto de vista de la soledad, nunca termina por dejarnos, muy probablemente para que jamás perdamos de vista la verdadera dimensión de nuestro corazón.

(Publicado en “La Comunidad” de El País bajo el nombre de Noah 23/04/09)