Soledad

Es difícil de entender que en el mundo en el que vivimos rodeados de miles de personas nos sintamos solos. No hace mucho una persona me preguntó si no había encontrado personas en las que confiar y le contesté que sí, recientemente podría citar ejemplos pero en otros momentos ocurrió que o ya no estaban o no podía contar con ellas por razones de distancia, por cuestión de distanciamiento (que no es lo mismo) o porque ya no estaban en este mundo. No han sido muchas pero las encontré pero también le dije que es muy fácil, tristemente fácil sentirse solo o lo que es más grave, quedarse solo.

Yo me he sentido solo muchas veces, solo por no tener a quien acudir y también solo por no atreverme a refugiarme en aquellos que me tendieron una mano temiendo la decepción, no queriendo sufrir cómo se defraudan las expectativas y sobre todo miedo de ser una carga, una molestia, miedo y vergüenza de incomodar a aquellos que quiero, quizás se pueda llamar a esto miedo a vivir.

Mi padre está solo, nadie hay en su cerradísimo entorno que le aguante más de cinco minutos en una simple conversación, es engreído y en ocasiones prepotente. Hablando con él, bueno, debería decir “discutiendo con él” en una conversación en la que él solo hablaba de otros para criticarlos le dije: “papá, ¿no te das cuenta que estás solo?, desde que mamá murió nadie pisa esta casa salvo la mujer que tienes contratada para limpiarla y tus hijos, de los cuales uno, casado y con dos niños viene sin compañía a verte. ¿No crees que algo estarás haciendo mal? Mi padre con la seguridad que le caracteriza y con cierto gesto de gravedad me espetó: “A ver si te crees que hay mucha gente que pueda estar a la altura de tu padre”. En ese momento en mi interior grité: ¡¡¡figuraaaaa!!!!.

¿Habéis visto la sirenita cuando el cangrejo Sebastián ve a Ariel con piernas y no con su cuerpo de sirena? Se le cae la mandíbula al suelo de la sorpresa, pues reconozco que algo así me pasó a mí, ¡y yo que pensaba que mi padre ya no podría sorprenderme…!

Hay personas que están solas porque no saben convivir, porque echan de su lado a todo ser vivo y son incapaces de amoldarse a nadie pero hay otros que se quedan solos sin buscarlo, quizás porque son demasiado sensibles y comienzan a aislarse temiendo ser dañados, quizás porque no saben cómo abrir sus corazones ante otras personas, después de tanto tiempo cerrados, quizás porque el mundo se esté volviendo tan insolidario y volátil que haya poca gente capaz de ofrecer una mirada cómplice, una palabra de consuelo, un mail de recuerdo hacia ti.

Me da miedo sentirme solo, la soledad es el mal de nuestro tiempo, es un mal silencioso que cambia de dueño sin avisar y que cuando te conquista es muy difícil de expulsar.

En definitiva, hay distintas clases de soledades y de solitarios y en ningún caso la soledad es una compañera que deba estar con nosotros demasiado tiempo. Tenemos que AVISAR, tenemos que luchar, tiene que haber alguien en esta selva de vanidades y desesperanzas que pueda, sepa y sobre todo, quiera ser parte de nuestra vida. Yo no soy un ejemplo a seguir, suelo ofrecerme pero me da miedo, ¿vergüenza?, permitir que otros me tiendan una mano y, francamente, no es justo. Sí, tengo miedo a la soledad porque la he mirado muy de cerca a los ojos y no he descubierto ningún color de esperanza, en todo caso vértigo ante el vacío oscuro del abismo.

(Publicado en “La Comunidad de El País” bajo el nombre de “Noah” el 27/01/2009)