Cuando las luces se apagan es mejor no mirar con los ojos, cuando la oscuridad nos inunda es mejor dar rienda suelta a los ojos del corazón. Es entonces cuando entre la penumbra comenzamos a distinguir los contornos más suaves y reveladores de nosotros mismos, es cuando las cavernas más profundas se iluminan y nacen los colores de nuestro interior.

Una noche con luz externa no sería noche, una noche sin luz interior no sería noche. Cuando nuestros corazones enmudecen en medio de la penumbra, debemos encender el candil de la reflexión, el quinqué de nuestro yo más íntimo que ilumina el camino por el que deambulan nuestros pensamientos, nuestros sentimientos más profundos, para ordenarlos en fila, para desechar los escenarios que nos oscurecen los recuerdos, que nos atenazan el deseo de avanzar.

Cuando las luces se apagan en el exterior la luna llena derrama su luz casi como caricias aterciopeladas de deseo y nos arrastran a nuestra naturaleza más real, más humana, más personal. Nuestro yo aparece en la soledad buscada de nuestro corazón, porque nadie nos mediatiza y nuestros miedos se confiesan sin ningún pudor.

Cuando las luces se apagan comienza a encenderse nuestro mundo interior, cerramos los cajones oscuros del silencio y abrimos las ventanas de esperanza de nuestro anhelante corazón.

(Publicado en “La Comunidad” de El País bajo el nombre de Noah el 15/07/2009)